"EL CUERVO". UNA MIRADA AL CÓMIC ORIGINAL Y A SU ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA


Pocas obras artísticas pueden presumir de capturar de manera certera y plena el espíritu de todo un movimiento cultural y social. En el caso de este submundo nuestro, llamémoslo gótico, siniestro o como el lector prefiera, es sin duda en El cuervo, como fenómeno multidisciplinar, donde mejor se ven plasmadas tanto su estética como sus tropos narrativos y emocionales. En él se aglutinan los temas recurrentes, la lírica e incluso las sonoridades que dotan de identidad a toda una comunidad.
En este artículo nos proponemos revisar los aspectos más fundamentales tanto del cómic original como de la película que lo llevó a la gran pantalla y de ahí a la popularidad mundial. No nos adentraremos aquí en El cuervo como franquicia y por ello no tendremos en cuenta las distintas secuelas que han ido apareciendo a lo largo de los años, ni en papel ni en formato audiovisual, por más que puedan contar con el visto bueno o incluso la firma de J. O’Barr.
Si no has leído el cómic aún (recalquemos ese aún), sirvan estas lineas para espolear tu curiosidad y que se lo pidas a ese amigo que a buen seguro lo atesora en su biblioteca. Esta noche es perfecta para sumergirte en él y deambular durante unas horas por esa ciudad siempre oscura, sucia y deprimente siguiendo a Eric en su cacería.
Si ya has visitado antes sus viñetas, acompáñanos en esta retrospectiva y quizás acabes dándote cuenta de lo mucho que te estaba apeteciendo releerlo y descubrir nuevos matices.
Respecto a la película, mucho dudamos que haya alguien aquí, entre estas confortables sombras del ciberespacio, que no la haya visionado hasta la extenuación. De ser así, don o doña Tinieblas amateur, corre hasta la T.V. o el ordenador más cercanos y no apartes la vista hasta los créditos finales. Es materia obligatoria para conseguir el primer pintalabios negro.
En cualquier caso, prepara la gabardina de cuero, el lápiz de ojos y muchas, muchas balas. Iniciamos el viaje
...Y CONSTRUIR UN TEMPLO A LA TRISTEZA
James O’Barr comenzó a componer la obra a la que debe fama mundial allá por el año 1981. Las primeras páginas ya dan muestra de los elementos que la acabarían dotando de una personalidad tan única: blanco y negro cargado de dramatismo, estética underground, diálogos poéticos y multitud de referencias musicales.

A partir de un germen inicial de doce páginas el cómic fue creciendo y completándose a lo largo de casi una década hasta ser publicado, en su primera versión completa, en 1989. Esta larga gestación puede apreciarse en los distintos estilos de dibujo que iremos encontrando, desde el mas tosco del inicio a viñetas gloriosamente hiperrealistas en su tramo final. Este viaje a través del arte gráfico de O’Barr no deja de ser otra muestra que esta es la obra de su vida y de que su vida, a su vez, es la sangre, el hueso y los tendones que nutren y animan cada página.

Mucho se ha especulado a lo largo de los años sobre cuál es el significado real de “El cuervo”, sobre qué demonios necesitaba exorcizar O’Barr al dibujar algo con una carga emocional tan grande. El propio autor, que hasta ahora se había mantenido siempre elusivo al respecto, acaba por explicarlo abiertamente en sus más recientes reediciones. La historia narrada es bastante sencilla: un hombre ha vuelto de entre los muertos por medios que ni él comprende sólo para encontrar y ejecutar uno a uno a los tipos que un año atrás lo asesinaron junto a su prometida.
Tras esta premisa tan aparentemente unidimensional lo que el autor deja fluir es un torrente de dolor, culpa e impotencia por la muerte de su propia novia en la vida real, un hecho del que se sintió responsable y que le marcó para siempre. No entraremos en más detalles para, una vez más, incitar a la lectura de la obra. Ah, se siente…
Más allá de tan breve sinopsis y de remarcar su carácter autobiográfico ¿qué nos encontramos en las páginas de El cuervo?
A lo largo de sus cinco actos acompañaremos a Eric -aquí aún no tiene apellido- en su búsqueda de venganza. La información se nos irá dando de forma fragmentada y desordenada en escenas breves y que intercalan los momentos en que la historia avanza con numerosos flashbacks a la vida pasada de la pareja, para finalmente descubrir en toda su crudeza lo que había sucedido aquella tarde fatídica un año atrás.
Toda la acción se desarrolla durante una única noche y en una única ciudad – aquí también sin un nombre concreto aún – pero esa composición en fragmentos que nos lleva de la violencia más extrema a momentos del romanticismo más cursi contribuye a crear una sensación temporal extraña y un tanto onírica. Se genera una rotura de la unidad que hace que todo adquiera un carácter de ensoñación. Esto se ve potenciado por esos distintos grados de evolución y estilo en el arte de O’Barr que mencionábamos. No se nos quiere contar aquí una historia al modo clásico. Son brochazos de sangre, de pólvora y de lágrimas con los queal final el lector acaba componiendo, más con las tripas que con la sesera, un todo coherente.
Lo fundamental, el poso que nos queda tras la lectura, no es la peripecia en sí de este ángel exterminador. Esta obra juega un juego diferente.
Si algo nos va a dejar El cuervo es su brutal carga poética – aplíquense aquí todas las acepciones del adjetivo brutal-.

No es este un título en la que lo fundamental sea lo que se narra. Aquí lo que hace trascender el producto final es la inmensa intensidad emocional. Como avanzábamos antes, uno de los temas principales es la culpa. Esa culpa que no sabemos gestionar y que aquí necesita de la presencia de un grupo de indeseables contra los que poder desatar la santa ira. Pero es en realidad una culpa que no se puede aliviar, pues no existe -fuera de las viñetas- venganza ni retribución posible, sólo un anhelo de aceptación y de una paz que se antoja inalcanzable. No hay venganza que limpie eso, sólo catarsis.
Si la culpa que aquí se plasma es tan extrema es, precisamente, porque la visión que se da del amor es, a su vez, también extrema. Una pasión pura e inmaculada. Un arquetipo naive, irreal -pero, oh, tan deseable- reflejo de un enamoramiento truncado en la primera juventud, antes de ir deslustrándose por el peso de la convivencia y de esa jodienda inespecífica que venimos a llamar ”realidad”.
Nos movemos aquí, como en todo mito, en el terreno de lo ideal y es por ello que en lo narrado cada cual puede ver reflejada una parte de su propia vida.
Todos hemos sido Eric alguna vez. No importa si ante desgracias reales o ante insufribles dramas adolescentes. Todos hemos sentido que su dolor es el nuestro y que su búsqueda del amor es la nuestra. Por eso es inevitable conectar con la obra.
Llama la atención que a lo largo del cómic Shelly -aquí también sin apellido - tiene apariencias diferentes, sus rasgos parecen ser distintos en cada evocación. Quizás no se trata de una persona en sí misma. Shelly bien puede acabar siendo, más allá de la novia fallecida del autor, todo lo hermoso y puro que cada cual ha tenido en su vida, cada una de las manifestaciones de la belleza y la bondad que tanto deseamos reencontrar.
Una vez cierres El cuervo no esperes quedar limpio. Este viaje a lomos del dolor salpica al lector, mancha. Te marca y te acompaña. No puedes asomarte aquí y esperar salir indemne.
Si quieren ver a un autor romperse, desnudarse emocionalmente y vaciarse por completo en su propia obra, pasen, es aquí.

EDICIONES
En España podemos encontrar esta obra en tres ediciones diferentes.
En 1995, siguiendo la estela del estreno de la película, Glénat nos la trajo por vez primera. Cuatro números de grapa que hoy en día se pueden encontrar aún en algunas librerías especializadas o en plataformas de venta de segunda mano. Esa estética sucia, tan after-punk y underground que mencionábamos antes, casa a la perfección con este formato. El tipo de papel de esta edición le da cierto aire a fotocopia y a fanzine amateur, algo que en lugar de resultar desagradable contribuye a dotarla de un encanto especial.
El contenido adicional que se nos ofrece se resume en varias ilustraciones, poemas y letras de Joy Division, así como un prólogo y un epílogo.

En 2011 la misma Glénat volvía a sacar a la venta El cuervo, esta vez en un solo tomo y bajo la etiqueta de “edición definitiva”. Como era de esperar se trata de un formato de auténtico lujo y que, al igual que los números de grapa, aún podéis localizar. ¿Qué novedades encontraremos en este tomo?
Lo primero que destaca es el tipo de papel, satinado, de alta calidad y de un blanco “nuclear”. Este último dato es importante, ya que al ser un cómic en blanco y negro vamos ahora a disfrutar de cada viñeta con un mayor grado de limpieza y nitidez. Dependerá de los gustos del lector el preferir la pulcritud de una edición o el regusto under de la otra.
Lo siguiente que llama la atención son las escenas nuevas. En su mayor parte profundizan en el simbolismo de algunos elementos, como el caballo blanco, y en la relación romántica entre Éric y Shelly. Por otra parte, algunas páginas originales -apenas una o dos- han sido también redibujadas por completo debido a la insatisfacción de O´Barr con su propio trabajo en la tirada original.
Si estas inclusiones posteriores sirven para dotar al conjunto de una mayor carga emocional o si, por el contrario, entorpecen y adulteran el desarrollo de una historia que ya funcionaba a la perfección, queda, una vez más, a criterio del lector.
En lo visual, el resto de contendido adicional son algunas nuevas ilustraciones y todas las portadas originales.
Lo más sustancioso, y a la vez lo menos espectacular, lo hallaremos en dos artículos firmados por el propio O’Barr. En el primero de ellos nos explica con detalles, y en un acto de sorprendente desnudez emocional, de dónde nació la idea y a la vez la necesidad de dibujar El cuervo. Algo sobre lo que se había especulado mucho a lo largo de los años y que al fin sale a la luz. Si quieres saciar tu curiosidad nada mejor que acudir a las confesiones del propio creador.
Por otra parte, en una página dedicada a los agradecimientos, se nos hace cómplices de la música que escuchaba durante la gestación y el desarrollo de la obra con un pequeño listado que enumera bandas y discos concretos. Un detalle menor, pero curioso. Y sí, The cure y Joy division, efectivamente forman parte de la lista. Nadie lo dudaba, ¿no?
En 2018 Norma Editorial volvía a poner en circulación esta “edición definitiva”, cambiando tan sólo la cubierta, ahora totalmente negra y en simulación de piel. Esta tercera versión, idéntica en contenido a la segunda, será la que encuentres más fácilmente si decides hacerte con El cuervo en la actualidad.

NUNCA LLUEVE ETERNAMENTE
Cuando en 1993 el director Alex Proyas emprendió el proyecto de llevar la obra a la gran pantalla nada le hacía pensar que este pasaría a la historia del cine. Es indudable que además de por sus méritos artísticos, que repasaremos a continuación, si esta película ha alcanzado notoriedad es por la tristemente famosa muerte de su protagonista durante el rodaje, un joven y entusiasta Brandon Lee. Una bala auténtica confundida entre las de fogueo disparada por error y la incomprensible ausencia de ambulancias por cuestiones de presupuesto sellaron su destino. Faltaban 17 días para su boda.

El buen aficionado al cine de artes marciales reconocerá este giro letal como parte, precisamente, del argumento de la última y póstuma película del padre de Brandon, Bruce Lee: Game of death. A veces la vida imita al arte.
Pero más allá de la tragedia que envuelve su rodaje, El cuervo de Proyas tiene motivos para haberse convertido en un pequeño clásico, o en eso que se ha venido a llamar “una peli de culto”.
Existen diferentes aproximaciones posibles a la hora de hablar de esta cinta. La abordaremos teniendo en cuenta sus aspectos cinematográficos, su faceta de adaptación y, finalmente, su repercusión dentro del mundillo siniestro.
LA PELÍCULA
En primer lugar, si nos ceñimos a los términos de la industria del cine, El cuervo de A. Proyas es una película de acción con tintes sobrenaturales que, a pesar de sus 15 millones de dólares de presupuesto, oscila por momentos entre el producto de gran estudio, el videoclip noventero y la serie B. Lo sorprendente es que consigue mantener lo mejor de cada uno de esos vértices. Tengamos en cuenta, para hacernos una idea del tamaño real del proyecto, que el Batman de Tim Burton había costado 35 millones 4 años antes.
Nada resulta fallido, ni cutre y los medios con los que se contó fueron más que bien aprovechados, pero la identidad de la obra, ese aura difícil de explicar, no es la de una superproducción para las grandes masas.
Muy al contrario, se respira desde el inicio un aroma a film que conoce sus límites, su público y su propósito. Algo oscuro y auténtico flota en él y lo dota de una honestidad poco común en un simple producto de entretenimiento.
Por su temática -amor, pérdida, venganza – puede resultar una obra universal, comprensible y apreciable por cualquier espectador (o al menos cualquier espectador del año 94), pero por su estética, sus pactos narrativos y todas y cada una de sus decisiones de diseño se trata de una obra de nicho, y esto es algo que ha contribuido a su vigencia y a la creación de su leyenda.

Si bien en el cómic se alternan la poesía y la violencia, la película se aparta bastante de esa senda onírica e introspectiva y abraza sin complejos los clichés del cine de venganzas. La acción es aquí más directa y lineal que en las viñetas y menos melodramática. Perdóneme, lector, si me atrevo a decir que nos encontramos ante la mezcla improbable y asimétrica entre Ghost y cualquier entrega de la saga Death Wish. Todo ello aderezado con un poco del cartón piedra y el tenebrismo del mentado Batman de Burton. Así, a grosso modo.
Proyas cumple con creces en su labor y nos transporta a un entorno que desborda personalidad a la vez que nos permite identificarnos con los protagonistas (bastante arquetípicos y unidimensionales, todo sea dicho) y sus conflictos y nos plantea a unos antagonistas que, a pesar de ser estereotipos andantes, en algunos casos superan en complejidad a los originales. Todo ello dominado por esa permanente oscuridad que parece asfixiar a una ciudad que ha perdido la esperanza.
El buen gusto visual que el equipo demostró nos ha dejado,algunas escenas que permanecen en nuestra retina desde la primera vez que las vimos. Pocas imágenes son más épicas que un cuervo pintado con gasolina ardiendo en el suelo. Pero eran otros años y el mundo era otro en aquel entonces.
¿Se trata de un guión que nos sorprenderá? No, ni lo pretende.
¿Encandila por sus giros o su estructura? No, ni lo busca.
¿Nos ofrece actuaciones memorables dignas de estatuilla dorada? En absoluto, aunque las interpretaciones de algunos de los miembros de la banda son muy solventes. Si alguien destaca por encima del resto en ese aspecto es el bueno de Michael Wyncott, maluto habitual del cine de acción de los 90 (Robin Hood, prince of thieves, o esa maravilla llamada Strange days) que a base de carisma natural, atuendo y un aire tan místico como perturbado acaba componiendo un villano delicioso, contrapeso sin el que el film se derrumbaría. Acierto total de casting.

Si dejamos a un lado lo innovador que fue el uso de efectos digitales y otras mañas para reemplazar al maltrecho Brandon Lee y así poder completar la película (nuevo guiño de la vida real a Game of death), si por algo es importante esta cinta a nivel de industria es por su banda sonora. O mejor dicho, sus bandas sonoras.
Por una parte se lanzó su BSO instrumental al uso, con carátula negra, compuesta por Graeme Revell. Se trata de una partitura muy a reivindicar, dinámica y llena de matices. Saxofones que nos llevan al cine más 80s, aires orientales que evocan misterio, coros angelicales, ruidismo industrial y piezas más convencionales y emotivas -como el tema principal- que verdaderamente brillan a un nivel muy alto. Es en particular en esas composiciones más melosas donde podemos encontrar mayor conexión con la carga poética o incluso romántica del cómic que el film sacrifica en pos de la acción.
Por otro lado tenemos el lanzamiento que más protagonismo acaparó: su OST, la selección de canciones que suenan durante el transcurso de la acción y que salió a la venta con carátula blanca.
Hubo una época en la que cada estreno de cine que aspirase al éxito entre la muchachada venía acompañado de un disco en el que se recopilaban temas de bandas y artistas varios, algunos incluso compuestos ex profeso para la película. Si bien El cuervo no fue la primera en hacerlo, sí tuvo un papel destacado y contribuyó a que esta práctica promocional alcanzara su apogeo durante los años 90 y primeros 2000. El punto de mayor popularidad de esta moda llegaría con Matrix, Mission impossible 2 o The Queen of the damned.

Admitámoslo, las canciones elegidas para las diferentes escenas funcionan a la perfección. Que Dead Souls sonase reinterpretada en la voz de Trent Reznor mientras Éric sale de caza es toda una declaración de amor al cómic original. Verlo maquillarse y avanzar amenazador hacia el rosetón de su ático, al son de Burn, quizás sea lo más molónamente gótico que se haya rodado jamás.
LA ADAPTACIÓN
El siguiente punto a considerar es si se trata de una buena adaptación de la viñeta al celuloide. ¿Es fiel al cómic? ¿Respeta su espíritu o se toma demasiadas licencias?
Lo cierto es que encontraremos multitud de cambios, algunos más significativos que otros. Sin embargo podemos afirmar de entrada que la esencia y la identidad de la obra original están tratadas con sorprendente respeto. Quizás se pierda parte de la hondura poética, pero en ningún momento sentimos que se está traicionando deliberadamente el material de partida.
Algunos de los pequeños añadidos complementan la mitología y dotan de mayor profundidad a la historia. Si no has leído el cómic te llamará la atención saber que tanto Éric como Shelly no tenían apellidos hasta el salto a la gran pantalla. Igualmente, no sabíamos sus profesiones. Ni Éric tocaba la guitarra ni mucho menos tenía una banda de rock (esa no te la esperabas eh, amigo lector) con una canción que dijese aquello de nunca llueve eternamente.
La pareja tampoco tenía amistad con la pequeña Sarah. De hecho, la niña ni siquiera se llama así realmente. Tampoco vivían en una buhardilla tan bohemia y resultona… ni siquiera la ciudad era Detroit.

¿Seguimos? Los guionistas David J, Schow y John Shirley también crearon el concepto de “La noche del diablo” en la que los delincuentes hacen arder la ciudad a base de explosiones. El sargento Albrecht, el policía negro...-¡perdón… afroamericano!- que ayuda a Éric es en realidad la fusión de dos agentes diferentes en el cómic.
Quizás el cambio que mas afecta al desarrollo de la historia es la magnitud de la organización criminal que causa la muerte de nuestra pareja protagonista. Originalmente era un grupo de maleantes sacados de cualquier beat em up de Capcom en los años 90 que, pasados de drogas, los asesinan sin demasiada premeditación, como parte de una juerga que se las ido un poco de las manos. Sin embargo en la película lo que vemos es un entramado criminal potente que domina todos los bajos fondos de una gran ciudad y que es dirigido con katana y mano de hierro esta vez por Top Dollar, que pasa de ser uno más a convertirse en la némesis de Éric. Aquí el asesinato ya no es producto del azar. Al mismo tiempo, aparecen nuevos personajes que añaden más exotismo, como la hermanastra y novia de Top Dollar y su ayudante, encarnado nada menos que por Candyman – el desaparecido Tony Todd- en el clásico rol de segundo de abordo leal, silencioso y eficaz. Este triángulo de personajes es el que condiciona todo el último acto de la cinta, que difiere totalmente respecto al del original. Añade mística y esgrima en el tejado de una iglesia para darle un cierre más ambicioso y épico que el del cómic. Nuevamente, si el recurso funciona o si añade pomposidad innecesaria a un final crudo y desgarrado de por si, es algo que queda al gusto del lector.
En cualquier caso, debemos mencionar que esta es una de las escasas adaptaciones en las que no encontraremos a fanáticos a ultranza del original maldiciendo y despreciando la película y clamando que tal o cual cambio es un pecado imperdonable. Existe una casi total unanimidad de criterio entre los amantes de El cuervo en cuanto a que cómic y film van de la mano y se complementan.
LA FIESTA DEL MARTILLO
Por último queremos detenernos a analizar brevemente la repercusión que tuvo el estreno de El cuervo en la cultura popular.
No vamos a engañar a nadie, esta película no cambió la historia y el grueso de su popularidad se debe al fallecimiento de Brandon Lee, pero a menor escala, dentro de cierto nicho de público, sí supuso un hito.
Nunca antes se había encarnado de forma tan clara y explícita el espíritu – o parte de él- del “mundillo siniestro”. Había destellos anteriores, como El ansia (The hunger) o incluso Eduardo Manostijeras, pero en los que la presencia de lo gótico como subcultura era más bien anecdótica o superficial.
El equipo de Proyas supo y quiso aunar estética, sonoridad y esencia siniestra y el resultado fue sorprendentemente honesto y satisfactorio. Esto llegó a una generación de adolescentes desencantados (¿y qué generación de adolescentes no lo está?) que en muchos casos se sintieron representados por lo que veían en la pantalla. La cinta captó la desesperanza que tenían en común dos movimientos culturales que convivieron en aquellas fechas: el pesimismo del post punk y la angustia del grunge.
Casi nadie conocía el cómic en aquellos días, pero eso no importaba. Lo fundamental es que esos universales a los que se apela en la obra conectaron con el público y dejaron un poso en quienes la vieron que perdura hasta el día de hoy.
El apartado estético fue un total acierto que marcó a no pocos adolescentes, en especial el atuendo del protagonista. ¿Había alguna fiesta de disfraces en la que no apareciera el Éric Draven de turno más o menos logrado?
En cualquier caso la película funcionó tanto para complacer a quienes ya estaban inmersos en la subcultura siniestra como para captar a nuevos adeptos que quedaron fascinados por lo desplegado en pantalla y que en muchos casos, más allá de comprarse su primer contorno de ojos, no tardaron en buscar la obra de O’Barr en papel y sumergirse en un nuevo universo artístico y musical.
Fue tal el relativo éxito de la película que no tardaron en ir floreciendo secuelas en todos los formatos: continuaciones, nuevos cómics, series, etc, pero no trataremos aquí de ello. Quizás sea tema de futuros artículos si llegamos a tener estómago suficiente para abordarlas.

ELEGÍA
James O`Barr edificó su obra usando su propio dolor como materia prima, liberando una culpa y una rabia que lo estaban devorando. De todo ello acabó brotando un fruto extraño; hermoso y retorcido al mismo tiempo, tan tierno como atroz. Todas esas emociones en forma de tinta y el pulso narrativo que las hilvanaba acabaron por resonar en otros y dar forma a una película, que paradójicamente, también acabó teñida de dolor y muerte. Que le costó la vida a Brandon Lee pero que a la vez le concedió la inmortalidad.
Una película, por otra parte, coherente, auténtica y muy respetuosa con el material que adaptaba y que facilitó que millones de personas descubrieran la historia de Éric y Shelly. Todo un himno visual que a buen seguro forma parte de las películas que han marcado nuestras vidas.
Siempre es buen momento para revisitar El cuervo en cualquiera de sus dos facetas; para derramar una lágrima por los amores perdidos y para embriagarnos -pero sólo un rato, eh- con la dulzura del dolor y la nostalgia.
Por todo ello brindemos, amigo lector, mientras tratamos de resolver el viejo acertijo: “¿cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler?”
